Déjala Bailar (Dedicada a mi mamá mi fans N•1

Déjala Bailar: El ritmo de mi mamá, sus "touché" y el orgullo en su cartera

Hay canciones que no pertenecen a la radio ni a los discos; pertenecen a la memoria y a la piel. Para mí, "Déjala Bailar", ese clásico que Soledad Bravo lanzó en 1982 en su álbum Caribe, no es solo música. Es el retrato vivo de mi mamá.

Cada vez que sonaban los primeros acordes de esa canción, la casa cambiaba de clima. Mi mamá no escuchaba la música con pasividad; la cantaba con una pasión contagiosa, de esas que llenan una habitación entera. Y entonces se ponía a bailar. Con una sonrisa enorme, me buscaba, me agarraba de las manos y me sacaba a mover los pies. En esos pocos minutos, no había problemas ni prisa: solo estábamos los dos, bailando al ritmo de la vida.

Por eso este blog lleva este nombre, como un homenaje eterno a su alegría y a la forma en que me enseñó a moverme en el mundo.

El primer "touché" de mi vida

Entre los miles de recuerdos que guardo con ella, hay uno que me saca una sonrisa inevitable. Mucho antes de que yo me pusiera una careta o empuñara un florete de verdad, mi mamá ya era mi primera rival y mi mejor entrenadora.

Se me acercaba, doblaba el dedo índice como si fuera la punta de una hoja y me daba un toquecito en el pecho: —¡Touché, touché! ¡Te gané! —me decía riéndose.

Sin saberlo, en esos juegos de infancia en casa estaba sembrando la semilla de lo que más tarde se convertiría en mi pasión y en mi vida entera.

El sabor del camino hacia la pista

También la recuerdo en las rutinas que hacían nuestros días especiales. Esas tardes en que me llevaba a natación en las instalaciones del IND. Al salir, hambriento y cansado pero feliz, hacíamos una parada sagrada: la arepera que quedaba en el camino hacia el Estadio Brígido Iriarte.

Ella me pedía una arepa caliente con mantequilla. No había tiempo para sentarse a la mesa; me la iba comiendo en el camino, con la mantequilla derritiéndose entre los dedos, mientras nos dirigíamos directamente al entrenamiento de esgrima. Ese trayecto, el olor de la arepa y su compañía eran el verdadero impulso para llegar a la pista con todas las ganas.

Su trofeo más grande

Pero si hay algo que define el amor incondicional de mi mamá, era lo que llevaba guardado como un tesoro en su cartera.

A donde quiera que iba, cargaba con un recorte de prensa doblado y desgastado por el tiempo: la foto del día en que me coroné Campeón Mundial. Mi mamá no esperaba a que le preguntaran; ella sacaba el papelito, se lo mostraba a todo el mundo —al vecino, al desconocido en la calle, en la tienda— y con los ojos brillantes y el pecho inflado de orgullo decía:

—Miren, él es mi hijo.

Hoy, cuando escucho a Soledad Bravo cantar “Déjala bailar...”, no puedo evitar sonreír y recordarla así: libre, alegre, enseñándome a dar mis primeros pasos, celebrando mis victorias y amándome con un orgullo que el tiempo jamás podrá borrar.

Gracias por todo, mamá. Este espacio es para ti.






Comentarios