Rumbo al Mundial Juvenil: De la pasta en Formia, el cine en París y la locura en Valencia hasta el podio mundial

 Para contar esta historia, tenemos que rebobinar el casete y volver a esa inolvidable gira de preparación previa al Campeonato Mundial Juvenil. Viajamos un grupo lleno de sueños y mucha hambre de gloria: José "El Bebé" Pineda, Joselina Pineda, Sandra Torres, Mariana González, nuestra delegada Ingrid y el entrenador Moisés Requena. Era la época dorada de los Discman, la música sonando en los audífonos a todas horas y el espíritu indomable de la juventud.

Primera parada: Formia, Italia — Pasta y Andrea Bocelli

Llegamos a Formia y el nivel de entrenamiento fue simplemente espectacular. Tuvimos la oportunidad de medirnos en la pista nada menos que con las selecciones de cadetes y juveniles de Italia. Nos sacamos la chicha entrenando duro en dobles turnos, mañana y tarde.

Pero no todo era sudor; también disfrutamos del lugar. El alojamiento era excelente y la comida... ¡esa pasta italiana era una delicia de otro mundo! En ese momento estaba en pleno furor Andrea Bocelli. Recuerdo claro cuando José Pineda ("El Bebé") se compró el CD. El disco venía con su folleto y las letras impresas, así que nos dio por ponernos a cantar en italiano a todo pulmón. A los italianos no les hacía ni pizca de gracia; se molestaban muchísimo al escucharnos destrozar su idioma con semejante pronunciación, lo que para nosotros lo hacía todavía más divertido.

Segunda parada: París — Botas "moraditas", Titanic en francés y anécdotas en el metro

De Italia partimos a París. Allí la rutina cambió al estilo francés: paseábamos y conocíamos la ciudad de día, y entrenábamos hacia el final de la tarde y la noche en los emblemáticos clubes Racing y Métro.

Aprovechamos para ir a la tienda Allstar a comprar material deportivo. Allí me compré unas botas Adidas —las icónicas moraditas— que eran una verdadera máquina de combate; pisar la pedana con ellas me inyectaba una confianza y una presencia imponente.

También hubo tiempo para el cine. Estaba en cartelera el fenómeno del momento: Titanic. Entramos a verla... ¡completamente doblada al francés! Aunque no entendíamos prácticamente nada del idioma, la película nos llegó tanto que salimos todos del cine secándonos las lágrimas y riéndonos de nosotros mismos.

Por supuesto, no faltaron las anécdotas de equipo. En una de esas caminatas hubo una discusión entre los muchachos y las muchachas, y terminamos dividiéndonos: cada grupo agarró el metro por su cuenta creyéndose muy independientes. Después de dar mil vueltas, nos volvimos a encontrar más adelante, y las muchachas no desaprovecharon la oportunidad para burlarse de nosotros. Cosas típicas y sabrosas de un viaje de selección.

La gran cita en casa: El Mundial en Valencia, Carabobo

De regreso en Venezuela, nos concentramos para el Campeonato Mundial Juvenil, que se celebraba en nuestra propia tierra: Valencia, estado Carabobo. Las competencias se realizaron en el Complejo Deportivo Simón Bolívar, abarcando la sala de armas, el gimnasio de tenis de mesa y el de fútbol sala.

Nos alojaron en la Villa Olímpica. Estábamos muy bien acomodados en nuestro espacio asignado, descansando para estar en óptimas condiciones. Nos trasladábamos a la competencia en los autobuses de Fundela, que estaban nuevecitos y muy bonitos, aunque tenían la regla estricta de que estaba prohibido sentarse en los posamanos.

La hora de la verdad en la pedana

El día de la competencia entré a la pista concentrado y con las pulsaciones a millón. En la fase de poules me fue muy bien, logrando 4 victorias y 2 derrotas. En la primera vuelta me tocó un cruce bastante fuerte contra un tirador cubano, pero logré superarlo con carácter.

El verdadero punto de ebullición llegó en el cuadro de 16, donde me tocó enfrentar al número uno y gran favorito para ganar el campeonato: el italiano Pierucci. Fue un combate electrizante, de esos donde cada tocado quema y la tensión se corta con cuchillo. Dejé el alma en cada desplazamiento y terminé ganando 15 a 13, haciendo vibrar las tribunas del Complejo Bicentenario.

Seguí avanzando con la convicción intacta hasta plantarme en la gran final contra el israelí Or. Luché cada segundo en un asalto de altísimo nivel, pero se me escapó por la mínima, cayendo 15 a 13 en un combate extraordinario.

Competir en mi tierra, sentir los gritos de apoyo de mi gente, el calor del público y el aliento incondicional de los míos fue de las experiencias más hermosas y memorables que se pueden vivir en el deporte.

Sin embargo, el momento más imborrable ocurrió en la premiación. Al terminar, mis compañeros comenzaron a cantar el himno nacional a capella desde las gradas; en ese preciso instante, al verlos y sentir su respaldo, no pude contener las lágrimas por haberme quedado tan cerca de la dorada. Hoy, al mirar atrás, comprendo que esa medalla y ese camino fueron el reflejo de un sueño cumplido y el verdadero bautizo de lo que significaba dejar el alma por Venezuela.




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